Qué animalada (de vistas)

6 Feb

Un embalse, imponentes montañas adonde mires y una vegetación frondosa y variada. Qué más se puede pedir para emprender una caminata, y si encima te ofrecen un folleto proponiéndote un bonito sendero local, la decisión está tomada. Había que conquistar los alrededores de Puebla de Arenoso, ese bonito pueblo vecino de Montanejos y fronterizo con la provincia de Teruel.

 

Una caminata que nos llevaría desde el pueblo situado a una altura de 600 metros y con fantásticas vistas al embalse de Arenoso hasta puntos tan emblemáticos como el Mirador de la Carrasquica a unos 1.356 metros sobre el nivel del mar. Antes de llegar hasta ahí, sin embargo, nos esperaba una aventura en absoluto prevista…

En el folleto para el senderista sobre todo se resalta la rica fauna de Puebla de Arenoso. Hay una larga lista de rapaces, reptiles, mamíferos y carnívoros en la cual se pueden encontrar incluso algunos que causan cierto respeto como buitres leonado, cuervos, víboras o culebras bastardas, jabalíes o zorros. Pero nada en comparación con lo que nos íbamos a encontrar. Y eso, que al emprender el camino hacía las alturas algún que otro detalle hubiera podido llamar nuestra atención. Las alambradas (rotas), las huellas notables e inconfundibles… pero ni Sherlock, ni Shatterhand. El instinto nos falló total.

Y ni siquiera cuando vimos el primer ejemplar nos alarmamos: “Mira, una vaca blanca!” Clic, foto para la posterioridad. Pero qué ilusos. Habíamos llegado a la Masía del Chorrico, mejor dicho al poblado que lleva medio siglo abandonado – bueno, casi. Porque hoy en día es el hogar de una vacada considerable de bovinos. Y después de esa vaca maca no tardaron en aparecer sus familiares: negros, grandes y con cara de poca alegría al vernos (al menos eso nos pareció). Y como si se lo hubieran pensado de antemano, todos posicionándose en mitad de nuestro camino. Y no, no hay foto de eso porque cara a cara con la bestia, quien hubiera encontrado el disparador. Rápidamente nos autoconvencimos de que teníamos todas las papeletas para salir perdiendo y preferimos dar una vuelta gigante por detrás de la masía para encontrarnos mucho más adelante con el camino original.

El por qué justo en ese punto un cartel nos animaba a “moderar la velocidad”, hasta hoy sigue siendo un misterio 😉

Del susto, casi olvidamos por momentos las fantásticas vistas que habíamos disfrutado hasta entonces: Mientras el pueblo cada vez se hacía más minúsculo, se agrandaba el panorama hacía el pantano, las montañas que le rodean y hasta la lejana Peñagolosa. En el camino no sólo nos cruzamos con muchas de las bonitas fuentes de Puebla de Arenoso, sino también con una gran variedad de arbustos y árboles -pino rodeno, quejigos, lentiscos, enebros, arces…

Pasado el susto, nuestra caminata iba por caminos aparentemente seguros. Aunque, afinado nuestro sexto sentido sioux, topamos un par de veces con huellas de indudable origen de pezuña hendida.

Pero también pudimos disfrutar de un monumento natural tan hermoso como único: la carrasquica, un árbol gigante de unos 400 años, símbolo especial para la gente de Puebla de Arenoso y clara señal del amor al diminutivo en tierras aragonesas.

De ahí ya había que emprender la bajada hacia la Fuente de Umbría, pero a partir de una masía en ruinas llamada Montico ya no había señales del camino. Improvisando acabamos… en la Masía del Chorrico. Otra vez…. Pero antes de llegar al lugar de las bestias, sin dudar ni un “mu”, volvimos al ya conocido rodeo… sólo que está vez los bovinos estaban pastando por ahí. Sacando pecho y manteniendo el aliento pasamos entre varias reses y logramos “escapar” (no, ¡tampoco hay foto!).

Un final de la caminata no previsto pero en compensación provisto con otras magníficas impresiones de Puebla de Arenoso y su pantano a la luz del atardecer.

 

 

Metedura de pata

28 Dic

Si un día te encontraras con un precioso pato en el patio de tu casa, ya sería todo un suceso. Sin embargo, si coincide que justamente unas pocas horas antes te has comido un congénere suyo, el caso coge tintes tragicómicos… Pero vamos paso a paso con ese pato…

  

Nuestro protagonista fue visto por primera vez el día de Navidad, paseando tranquilamente por la terraza de Sharíqua. Un bonito e imponente pato criollo, también llamado pato real o Cairina moschata sylvestris. No parecía buscar alojamiento, pero sin duda le “a-pato-cía” un buen descanso con vistas.

 

Así que saltó a la barandilla, se encaró hacía el pueblo y dejó brillar al sol  su vistoso plumaje blanquinegro con toques verdes metalizados. Un poco de cuidado del plumaje, algo de pedicura, cambio de posturas, agitación de alas, meditación. No cabía duda, el animal estaba a gusto. Momento que aprovechamos para unas primeras investigaciones en internet -se confirmaba que era chica- y llamadas a vecinos, potenciales poseedores de anátidas.

Rápidamente dimos con un posible dueño que sin embargo no podía venir hasta el día siguiente para ver a la fugitiva. Y ahí se nos cayó el mundo encima. No por la tardanza del potencial dueño, sino por un posible error fatal. ¿Y si Sylvestris había escapado de un destino similar a nuestro pato emplatado y habíamos avisado a su dueño y con ello dictaminado su sentencia de muerte? Pero qué metedura de pata. Imágenes del pavo de Obama, del ganso navideño Auguste del cuento de Friedrich Wolf, de las tristes navidades de Dagobert Duck, alias Tío Gilito… nos nublaron la mente.  Mientras la pobre Sylvestris disfrutaba de la puesta de sol totalmente desprevenida, no sólo nos reconcomían por dentro los recuerdos de nuestra cena la noche anterior, sino también estábamos aterrorizados por el futuro de nuestro huésped plumoso.

Qué queréis que os digamos: Entró la noche, amaneció y… Sylvestris ya no estaba. Final feliz para una historia de navidad -al menos así lo queremos creer. 

PD: El año que viene nada de aves -ni en el horno ni bajo el árbol de navidad.

 

Lo que faltaba

16 Dic

Brillo de luces, estrellas y bolas de navidad, ramitas de abeto y renos, cascabeles, muñecos de nieve y de papá noel… Música adecuada, bombones y olores a invierno, chimenea y noches de paz. Sólo faltaba una cosa -aunque esencial- para que Sharíqua se vistiera de fiesta: las galletas de navidad.

Ahora sí, después de muchas horas durante las cuales la casa se ha llenado de aromas a canela, clavo, chocolate, avellanas tostadas, azúcar aromatizado… ahora sí puede llegar el día 24. ¡Que empiece la navidad, el momento más dulce del año!

¡Felices Fiestas a tod@s!

P=k2πrγ

29 Nov

Lo ha vuelto a hacer. Por fin. Después de meses y meses sin lluvia, el cielo ha tenido compasión. ¡¡Ha llovido!! Una lluvia tímida, eso sí, pero al menos volvemos a ver ese bonito espectáculo de las gotas de agua agarrándose a las hojas de árboles, arbustos y flores. ¿O son ellas las que intentan mantener el frescor? 

Cierto que sólo hablamos de unas cuantas gotas, aún no hace falta la Ley de Tate P=k2πrγ para medir su escaso peso de 0,005 g o su tensión superficial. Basta con saber que son un bonito espejo para la naturaleza y un gran alivio que hace respirar a la tierra. 

Claro que oyen

16 Jul

Ya se sabe, la huerta es lugar de discrepancias. Preguntas como cuándo plantar, qué tipo de tomate, cómo podar, cuántas veces regar… pueden llenar tardes enteras de controversias y acaloradas discusiones. ¿Y el abono? Ahí el consenso es casi un imposible. Y mientras nosotros empujamos carretillas y carretillas de estiércol ecológico a nuestra huerta y la alimentamos con nuestro compost, notamos esos ojos críticos de nuestros vecinos agricultores y escuchamos sus sabios consejos: Que hace falta más fertilizante, que algún que otro saquito de abono no tan natural no estaría mal, que las plagas no se van solas… Es difícil convencerles de nuestro agro-comportamiento, pero es fácil dejarles boquiabiertos e incrédulos. Es el momento cuando añadimos: “Sí, pero a parte del estiércol, también les hablamos a las plantas.” Dicho con una gran sonrisa deja el suficiente espacio para tomarlo tanto como una broma como una locura o una fuerte convicción. La reacción de los veteranos del campo suele ser la misma: “Nada que hacer.”

Y mientras nos toman como caso perdido, ahí la tenemos, la prueba. En nuestra propia huerta: Es nuestro níspero y sabe oír. Cierto que hace ya decenios que cada vez más científicos investigan sobre los sentidos de las plantas y la neurobiología vegetal provoca una sorpresa tras otra, pero verlo con tus propios ojos… Y eso que nuestro árbol no nos ha demostrado -aún- aptitudes como el maíz, chasqueando con sus raíces y orientándolas hacía lugares zumbantes. No. Tampoco sabemos si sería capaz de defenderse como un tomate que ante un ataque comilón de alguna oruga llena sus hojas con sustancias agrias y además desprende un aroma avisando del peligro a sus compatriotas.

Nosotros más bien nos acogemos a Darwin, ese excelente científico naturalista que ya hace más de cien años se pasó toda una tarde tocando la trompeta en un jardín para ver si las plantas reaccionaban. Bien es verdad que el resultado ante las entonces posibles mediciones fue nulo, pero eso no le hizo dudar en publicar su hipótesis sobre el “root-brain”. Y exactamente eso lo debe tener nuestro níspero. Un cerebro. En él procesó lo que tuvo que oír a finales del año pasado cuando hablando de su miserable rendimiento, nuestro cuñado Pulgarcito nos sugirió: “A veces simplemente no funcionan y hay que quitarlos.” Una sentencia de muerte que tuvo sus frutos. ¡Y cuántos! Este año nuestro níspero ha producido tanto como nunca en su vida.

Lo más seguro es que -otro de los descubrimientos de la neurobiología vegetal- haya sentido un miedo inhumano y se haya puesto las pilas. Prueba suficiente para enterarnos de más cosas de este campo científico. Quizás es pronto para confirmar que sabe hacer cálculos, recordar cosas, aprender… Pero, sabiendo que sabe oír, porque no ponerle un poco de música para que crezca más a gusto. Todo un clásico entre los que defendemos las sensibilidades de las plantas.

Países Bajos obligan

4 Jun

Foto: Maarten

Quién si no los holandeses son la nación europea más apasionada con el velocípedo. Sólo con saber que en ese país hay más bicis que habitantes y que uno de cada tres se decide por las dos ruedas en trayectos “cortos” de hasta 7,5 kilómetros, rápidamente se llega a la conclusión: Ser de los Países Bajos obliga. Y así no extraña que con tanta pasión por sus “fiets” a más de un holandés los 29.000 kilómetros de carril bici en su país tarde o temprano le sabe a poco.

Es el momento cuando los Rolandus, Willem, Geertruida, Adrianus, Monique, Grietje, Jesse o Lotte cogen la bici y exploran mundo. Pensando en la conocida llanura que caracteriza su país natal -la colina más alta con sus 323 metros no debe sacar ni una gota de sudor- uno podría pensar que son los usuarios ideales de las vías verdes. Y lo son. Pero no se quedan ahí. Ya son más de una docena de huéspedes que nos han sorprendido con su potencial de pedaleo. Vienen de Valencia, disfrutan de la Vía Verde Ojos Negros, pero están camino a Cuenca; han comenzado su viaje en Santander para llegar a Alicante, han aterrizado en Mallorca pero su destino es Madrid. 

Foto: Maarten

Los últimos en llegar a Sharíqua con ya 230 kilómetros en el equipaje han sido Margaret y Maarten. En su viaje desde Jávea pasando por Jérica acaban de llegar a San Sebastián -kilómetro 806- y no paran ahí. Quieren cruzar toda Francia, saludar a sus vecinos belgas y llegar de nuevo a Holanda. Lo que a nosotros, los mortales, nos puede parecer una locura, para ellos son las vacaciones ideales. Y no son unos ilusos que no saben qué les espera. No, ya lo han hecho una vez, en aquella ocasión de Holanda a España.

Y que probablemente no haya sido la última aventura de este tipo, lo demuestran sus caras sonrientes con cada etapa superada. Se les puede seguir kilómetro a kilómetro en el blog que publica Maarten. Sí, encima eso: Con un mínimo de 60 kilómetros y -hasta ahora- un máximo de 105 al día aún están de humor para compartir sus experiencias con el resto del mundo sobre dos ruedas. Hablarles de los pueblos, las anécdotas, los esfuerzos… Y, al final de cada día, de los lugares donde se han alojado, terminando el artículo con una “Room with a View”. En Jérica, qué mejor opción que Sharíqua.

Muchas gracias y saludos a estos embajadores de España tan especiales.

SL-SR por Jérica

11 Abr

Quien quiera emprender una caminata por tierras de Jérica debe saber que es bien posible que no acabe donde pensaba, que vea cosas que no esperaba y que ande más (o menos) de lo previsto. La razón: Aunque existe un folleto oficial con sendas locales y éstas en su día puede que estuvieran debidamente marcadas, hoy día debido a señales confusas, desgastadas o inexistentes, a sendas abiertas posteriormente y a unas explicaciones a veces algo irritantes puede que la caminata tenga su intríngulis. Así que el SL fácilmente se convierte en SR – un sendero sin rumbo. Eso sí, se descubren rincones inesperados, vistas bonitas y a veces incluso más sentido de humor propio que uno mismo pensaba…

Y es que si no eres de Jérica y has mamado desde muy jovencito donde se encuentra el Corral del Quico, la Masía del Topo o el Cordel de las Perdigueras, si ante lugares como el Colladico de la Sursida de Magallán, el Pasico Alemán, el Colladico de la Amargura o el Sendero de la Degüella en tus ojos como platos se reflejan grandes interrogaciones, pues entonces con el folleto senderista en mano lo tienes crudo.

Y si además, frases como “Al coronar la misma, dejaremos a la derecha la pista forestal. Seguiremos por la senda a la derecha…” te dejan algo aturdido… podrías llegar a la conclusión que mejor dar una vuelta por la Hoz y que anden los demás. Más aún cuando hay claros indicios de que no todos en su día regresaron a casa…

 

Pero no hay que asustarse. Vale la pena perderse, poner a prueba el propio sentido de la orientación y subir por ejemplo a la famosa Muela. Así se conoce el otro lado de Jérica con su altiplano y estas estupendas vistas panorámicas hacia el pantano y la impresionante hoz dibujada por el Río Palancia.

 

Son momentos tranquilizantes porque no sólo se disfruta de vistas -poco usuales- de la Torre Mudéjar, la Torreta y los tejados del casco antiguo de Jérica. También se divisa a Sharíqua, inequívoca señal de que la vuelta a casa será posible ;-). Pero, antes vale la pena subir hasta el Alto de Sayas a unos 767 metros sobre el nivel de mar. Y ahí no hay excusa. Aunque si no tienes ni idea por dónde para el Alto de Sayas, lo verás: Es fácilmente reconocible desde todos los lados y desde kilómetros porque ahí se alza la torre de vigía desde donde se procura evitar cualquier desastre que pudiera incendiar estos preciosos paisajes.