Simsalamermelada

7 Feb

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Ha llegado el momento de acudir al acopio de provisiones. Se abre el congelador y sin necesidad de recurrir ni al simsalabim, ni al abracadabra, hocus pocus fidibus y tampoco al sator arepo tenet opera rotas, entramos en el paraíso de las frutas frescas, pero fresquísimas. Ahí están los higos blancos, las cerezas, las moras… invernando para convertirse en mermeladas que hacen soñar con el verano, los días largos y las noches templadas.

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Que no haya que estresarse con las cosechas inmensas de frutas o verduras y poder “criogenizarlas” durante muchos meses para su posterior disfrute, hay que agradecérselo al biólogo marino estadounidense, Clarence Birdseye (1886-1956). Un inquieto naturalista con enormes dotes de inventor que en sus muchos viajes a Terranova había quedado fascinado por la forma fácil de conservar el pescado que practicaban los inuit: Simplemente lo ponían al viento que, con sus gélidos 45 grados bajo cero, lo congelaba al instante. Una vez descongelado, sabía como recién pescado.

Para dar los primeros pasos hacía lo que hoy en día disfrutamos como congelador, al inventor americano le sobró con: el descubrimiento de que los alimentos se mantienen en perfecto estado a una temperatura de -17,7 grados, un par de dólares, hielo, sal y un ventilador eléctrico. Y así en los años 20 del siglo pasado Birdseye montó su primera máquina para la congelación de choque…

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Inventor Clarence Birdseye. Foto: Birdseye

Antes de quedarnos gélidos ante tanta genialidad, volvamos a nuestra faena inicial. Inventar mermeladas. Con nuestra fruta ya descongelándose y con algunas compras de género fresco creamos las siguientes combinaciones: Una mermelada de higo blanco con peras y cardamomo, otra mermelada con moras, plátano y un toque de canela y, como última y algo exótica, una mermelada con cereza, plátano, kiwi y naranja. Hmmmm, toda una tarde de cazuelas con colorines. Y al final una despensa llena de nuevo.

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