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Faena de fuertes féminas

26 Ene

 

Foto Carlos Sarthou

Foto: Carlos Sarthou. Archivo: Vicente Asensio Hervas

Es uno de los lugares donde las paredes -o los techos, o el cielo- han oído mucho, muchísimo. Y esto desde hace siglos. Los lavaderos pertenecen a la historia de los pueblos y sobre todo a la de las mujeres. Desde antaño, y en algunos lugares hasta hoy en día, no sólo han servido para lavar la ropa y los trastos voluminosos, sino también durante mucho tiempo fueron un importante lugar de encuentro para las mujeres. El centro cívico femenino donde sobre todo se trabajaba muy, muy duro, pero también se disfrutaba de la compañía de las demás, se charlaba, se intercambiaban las últimas novedades del pueblo, se buscaba y se daba consejos. Se reía, se comía, se cantaba…, en fin, todo lo que puede ocurrir a lo largo de un día. Porque a menudo las coladas duraban horas y horas…

Si la Real Academia define lavadero como “lugar utilizado habitualmente para lavar” bien hace, porque no siempre se trataba de un sitio especialmente adecuado. A menudo era el propio río o arroyo que pasaba por el pueblo, la acequia, un pozo o una fuente que sirvieron para emplearse a fondo contra polvo, manchas, grasa y demás. 

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A este pequeño mundo las mujeres solían venir cargadas no sólo con ropa sucia. También había que traer el jabón hecho en casa con sosa y grasa, cepillos y hasta raspadores. Y ya empezaba la ardua faena de restregar, enjuagar, enjabonar, frotar, clarear, retorcer, escurrir… Para blanquear la ropa, a veces se enjabonaba y se colgaba al sol durante todo un día para luego aclararla. Pero no siempre con este proceso se lograba el resultado esperado y entonces tocaba una faena aún más agotadora: la colada. Y es que aunque hoy se habla de “hacer la colada” como si de un simple lavado se tratara, originariamente “colar la ropa” significaba otra labor bien distinta.

Para limpiar y blanquear la ropa se aprovechaba la ceniza y su efecto “lejía”. Un proceso que era llevado a cabo en casa y para el cual se precisaba de muchas manos ayudando y de un coladero en forma de cesto de mimbre, cuba, tinaja, tina de piedra o incluso de un tronco de madera vaciado. Una faena fatigosa que en un libro de escuela para niñas de principios del siglo pasado se describía así:

La colada se hace, ordinariamente, como sigue: en un colador (generalmente una cuba de madera), con un agujero lateral cerca del fondo, se pone la ropa, pieza por pieza, lo más extendida posible. Se cubre la tapa o boca del colador con un lienzo fuerte y sin agujeros, y sobre ese lienzo se pone ceniza vegetal reciente y limpia de carbón. Entonces se echa agua caliente sobre la ceniza. El agua disuelve los álcalis que hay en la ceniza, se filtran a través de la ropa y se limpian. El agua o lejía que sale del colador se recoge, se calienta de nuevo y se vierte otra vez sobre la ceniza. La operación se repite durante diez, doce o más horas, según la cantidad de ropa, su clase, la suciedad que tuviere, etc. Después se saca la ropa, se aclara o lava en agua limpia y corriente, y se la seca al sol.

(“LA NIÑA INSTRUIDA: Fisiología e higiene aplicada a la economía, medicina y farmacia domésticas para su lectura en colegios de niñas” de Victoriano F. Ascarza, 1927)

Lo dicho. Nada que ver con “hacer la colada”. Y ya el didacta Ascarza debía haber pensado cómo animar a tan dura empresa y avisaba a las “niñas instruidas” que “la suciedad trae enfermedades, hace huir al marido y al padre de casa y atrae la desdicha”. Pues eso. Y aunque la primera lavadora -o lo que más se asemejaba- ya había sido inventada en el año 1691 por el ingeniero John Tyzacke y algo más tarde en 1779 le seguía la primera escurridora diseñada por George Jee, lavar la ropa durante siglos fue sinónimo de dejarse la piel.

Si aún hoy en día en algunos pueblos rurales se puede ver a mujeres refregando la ropa en las viejas losas de los lavaderos, puede que sea por cierta nostalgia, pero sobre todo hay un argumento práctico: Ningún programa de lavadora y ningún detergente dan una primera limpieza a la ropa sufrida en el campo como un lavado a mano. “Además, con esta ropa tan sucia, me rompería la lavadora”, explica una de las asiduas a las técnicas tradicionales. Y añade: “Luego va a la lavadora.”

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Aunque queden unas pocas defensoras del lavado a lavadero, ya hace tiempo que mucha agua pasa por ellos sin ser usada. Muchos se han perdido con el tiempo o han sido destruidos. Otros han sido restaurados y algunos han tenido que ser vallados para protegerlos porque por lo visto no todos entienden que los lavaderos son de los testigos más sabios de los pueblos.

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Allium a la vista

13 Dic

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Es una presa fácil. Siempre aparece en grupos, donde hay uno habrá más y además no se camufla en absoluto. sharíquaHablamos del Allium ampeloprasum, alias ajipuerro, que estos días crece en estado salvaje en campos soleados y con buena tierra. Después de las lluvias otoñales está sacando sus fuertes y largas hojas verdes por encima del resto de la vegetación más bien en estado invernal. Es una “caza campestre” sumamente sana y – si cabe – aún más deliciosa.

Con su suave sabor a ajo y cebolla es el ingrediente ideal para un revuelto o una ensalada de invierno, la base perfecta para una crema, un acompañante genial de otras verduras o setas.  Así que no extraña que se haya ganado el apodo de “espárrago del pobre”. Y sabiendo sharíquaque hasta las bonitas flores lilas que pintan el verano más exótico son comestibles…

Y encima  Allium ampeloprasum sabe hacer aún más cosas. Se dice que ayuda al metabolismo, remedia la arteriosclerosis, protege ante infartos y anima la digestión. Machacado se usaba hasta para calmar picotazos de mosquitos y avispas.

¿Lo mejor de todo? No desaparecerá de los campos hasta bien entrada la primavera. Hmmmm, cuántas sopitas, tortillas…

Regalo rural

10 Nov

Los apasionados a la búsqueda de espárragos sabemos que es igual de entretenido que arriesgado: Metiendo mano al Asparagus aphyllus con sus largos, leñosos y espinosos tallos es inevitable llevarse más de un rasguño a casa. A no ser que alguien los coja por ti…

Cuando nuestros clientes Amparo y Ángel el otro día emprendieron el camino hasta el pueblo, pasearon por el campo y dieron la “Vuelta de la Hoz” aprovecharon no sólo un día espléndido de otoño sino también la recién salida oleada de espárragos. Una buena cosecha que a la hora de la despedida se convirtió en un bonito regalo rural para Sharíqua. ¡Muchas gracias, de nuevo! Esta noche “caerán” 😉

A ritmo de antaño

4 Abr

¿Problemas para relajarse? Da igual adónde, cuándo y con quién vayas, ¿siempre vas corriendo? Entonces la empresa jericana de ocio, Hardacho, tiene una nueva oferta hecha a tu medida: rutas en carro-carruaje por nuestro pueblo Jérica y alrededores. Contemplar el paisaje a ritmo de antaño, tener tiempo para fijarse en los detalles, para charlar o hacer un mini-picnic, mecido por un cuatro patas. Son rutas circulares pensadas para grupos pequeños, para gente dispuesta a tomarse unas horas para regresar en el tiempo y disfrutar del momento.

¿Demasiado lento? Recordaros que Hardacho (www.hardacho.com) no todo se lo toma con tanta calma: También ofrece rutas en bici, bajada de la vía verde, senderismo guiado, piragüismo en el pantano de Jérica…

Ya vamos

17 Nov

Quién  hubiera dicho que esperaríamos este momento con tanta inquietud: Empieza la campaña de la oliva 2010, abre la almazara de Jérica y como mínimo durante dos semanas los tractores, el olor a aceituna y el ir y venir del campo determinarán muchas vidas.

No es que tengamos muchos olivos, y los que tenemos tampoco son de los más productivos. Sin embargo, nos hemos enganchado…  Enganchado a la vida del campo. Y eso, cuando todo empezó bien distinto.  Nuestra finca y con ella los olivos habían estado más de 20 años sin cuidar y cuando aterrizamos nosotros, expertos en la materia nos decían:  “¡¡¡Estos árboles necesitan una poda radical!!  Y luego ya veremos.”  Parecía una sentencia con fatales consecuencias.

Es que hay que saber que una poda radical hecha por un hombre del campo es un espanto.  Al final no quedará nada, y también nuestros olivos parecían haberse quedado sin aliento, sin alma, sin defensas.  De ramas y hojas, mejor ni hablamos.  Así que decidimos: Nunca más, de poda nada, a partir de ahora que crezcan y si no hay olivas, no hay.

De eso hace ahora cinco años.  Ya no contratamos podas, no, las hacemos nosotros. Nos sigue encantando como se recuperan y crecen los olivos, pero también nos encanta cada oliva que producen.  Después de la poda, ya en mayo, cuando sacan sus flores miramos – con más interés que conocimiento – si la cosa va bien.  Cuando en verano aparecen unos frutos minimalistas, también seguimos el proceso con la misma cara de entendidos y comentarios al cuento. Y finalmente, cuando las aceitunas ya han cambiado de verde a un brillante negro, llega el gran momento:  Abre la almazara.

No hay que esperar más:  Manos a los olivos.  Ya os contaremos cómo nos ha ido la cosecha.  Y, desde luego, os hablaremos de ese aceite de oliva virgen tan especial que se produce en Jérica y en todo el Alto Palancia.

Debilidades

12 Oct

Cuando uno tiene una debilidad por algo, lo mejor es reconocerlo. Ya sabéis que una de las nuestras son los calabacines, que este verano nos sobresaltaron con una super-cosecha. Pero no os lo hemos dicho todo. Hay más. No sólo son los calabacines, también las calabazas. Este año las tenemos de todas las formas, colores y tamaños.

Y estamos encantados.

Todo empezó con un campo nuevo y exclusivo para la reina “cucurbita L.”, un campo que Vicente durante días y días había arrebatado a las hierbas, gramíneas y arbustos que ahí habían acampado a sus anchas. A partir de mayo ya fue terreno exclusivo “calabacero” y empezaron a correr y expandirse por ahí las Stripetti y Red Turban, Alladin y Honey Bear, Kamo Kamo y Butternut, African Smaragd y Patisson. No todas crecieron bien, hay que reconocerlo. Black Futsu por ejemplo no fue vista ni siquiera. Y tampoco hemos batido el record mundial, que en estos momentos lo sustenta una calabaza que ronda los 500 kilogramos. Pero las calabazas que crecieron en Sharíqua no defraudaron ni en colores ni en sus formas redondas, ovaladas y hasta extravagantes.

¿Por qué parece que queremos más a las calabazas que a sus parientes pequeños, los calabacines? Fácil. “Cucurbita L.” no sólo es sumamente atractiva, un encanto para los ojos donde esté, también es una de las verduras más duraderas. Le sobra con un rinconcito algo resguardado del sol y de la lluvia y sin problemas pasa todo el invierno esperando qué va a ser de ella. Y ahí se ofrecen un sinfín de destinos: tartas y tortas, pucheros y panes, cremas y quiches, postres, mermeladas…

Una de las recetas que en nuestra cocina-calabacera nunca falta – ni falla – es Mermelada de Calabaza con Guindilla. Un verdadero “despertador” matutino durante el desayuno y un acompañante perfecto para el queso. ¿Lo queréis probar? Los ingredientes están en “Sharíqua presenta”.

Mermelada de Calabaza con Guindilla

12 Oct

¿Problemas para abrir los ojos incluso aún durante el desayuno? ¿Afición por los quesos gratinados con algún acompañante dulzón? ¿Debilidad por los picantes? Pues aquí tenéis lo que siempre habéis querido probar pero no os habéis atrevido… Mermelada de Calabaza con Guindilla.

Necesitáis los siguientes ingredientes:

1 kg de calabaza
900 g de azúcar
¼ l zumo de manzana
1 limón
2 anís estrellado
1 rama de canela
5 guindillas secas o 2-3 guindillas frescas

Trocear la calabaza y mezclarla con el zumo de manzana y el azúcar. Llevar a ebullición y añadir el zumo del limón, la cáscara de limón rallada, el anís estrellado, la canela y las guindillas secas (¡¡quitar las pepitas!!). Si usáis guindilla fresca, añadirla hacía el final, cortada y quitadas las pepitas.

La calabaza tiene que hervir entre 10 y 20 minutos, dependiendo del tipo de calabaza y el contenido de agua. No olvidéis moverla de vez en cuando, se pega facilmente.

Para hacer la prueba si ya está bastante espesa, meter unas gotas en un plato recién sacado de la nevera. Si ya no “corre”, está perfecta.

En su caso, añadir las guindillas frescas, sacar el resto de las especias y pasar por la trituradora. Envasar enseguida y dejar enfriar la mermelada en los botes boca abajo.